Toda Biblia que se imprime hoy depende de personas en las que la mayoría de los lectores nunca piensa: los escribas. Durante mucho más de dos mil años, la única manera de tener una copia de un libro bíblico era que alguien la escribiera a mano, letra por letra, a partir de otra copia. La exactitud de la Biblia que leemos depende, en gran parte, de lo bien que esas personas hacían su trabajo.
Este artículo se ocupa de los escribas del antiguo Israel y del judaísmo antiguo: quiénes eran, cómo se formaban, qué herramientas usaban y cómo entendían su tarea.
Una profesión, no un pasatiempo
En el antiguo Oriente Próximo, el escriba era un profesional formado. En Egipto y Mesopotamia, los escribas iban a la escuela durante años, aprendían a copiar textos de referencia y servían a reyes, templos y comerciantes. Israel era más pequeño y su alfabeto más sencillo, pero el modelo era parecido.
La palabra hebrea que suele traducirse como «escriba» es sofer, de una raíz relacionada con contar y registrar. La Biblia menciona a varios escribas reales. Entre los funcionarios de David hay un escriba (2 Samuel 8:17; 20:25). Bajo el rey Josías, el escriba Safán es quien lee al rey el «libro de la ley» recién encontrado (2 Reyes 22:8-10). La familia de Safán aparece una y otra vez en el libro de Jeremías: su hijo Ahicam protege a Jeremías, y otro hijo, Gemarías, tiene una cámara en el templo donde Baruc lee el rollo de Jeremías (Jeremías 26:24; 36:10). Los escribas eran personas importantes, cercanas al centro del poder.
La arqueología ha encontrado sus huellas. Impresiones de sellos en arcilla (bulas) de finales de la monarquía llevan nombres que coinciden con personas de la Biblia, entre ellas una que dice «perteneciente a Gemaryahu hijo de Safán», hallada en las excavaciones de la Ciudad de David en Jerusalén. Otra, vendida en el mercado de antigüedades, dice «perteneciente a Berekyahu hijo de Neriyahu el escriba», es decir, Baruc hijo de Nerías; como no se encontró en una excavación controlada, algunos especialistas dudan de que sea auténtica. En cualquier caso, los sellos muestran cómo los escribas firmaban y sellaban documentos: son el lado físico del trabajo descrito en Jeremías 32:9-14, donde una escritura de compra se redacta, se sella, se firma ante testigos y se guarda en una vasija de barro «para que se guarden muchos días».
Esdras: el escriba como maestro
Después del exilio, el sentido de «escriba» se amplió. Esdras se presenta como «escriba diligente en la ley de Moisés» (Esdras 7:6), que «había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová, y para hacer y enseñar a Israel mandamientos y juicios» (Esdras 7:10). En Nehemías 8 lee la Ley en voz alta al pueblo desde una plataforma de madera, mientras los levitas ayudan al pueblo a entenderla.
Aquí el escriba no es solo un copista, sino un estudioso y maestro de la Escritura. Karel van der Toorn, en Scribal Culture and the Making of the Hebrew Bible, sostiene que esta es la clave para entender cómo tomó forma la Biblia hebrea: los mismos círculos que copiaban los textos también los estudiaban, los ordenaban y los interpretaban. Para la época de Jesús, «los escribas» (grammateis en el griego de los Evangelios) eran un grupo reconocido de expertos en la Ley, mencionado a menudo junto con los fariseos.
Ben Sira, un maestro judío de Jerusalén hacia el 180 a. C., escribió una célebre descripción de la vocación del escriba (Eclesiástico 38:24-39:11). A diferencia del labrador o del alfarero, dice, el escriba tiene tiempo libre para estudiar; él «busca la sabiduría de todos los antiguos y se ocupa de las profecías». Para Ben Sira, ser escriba era una vocación de devoción tanto como de destreza.
Las herramientas del oficio
¿Qué usaba realmente un escriba?
- Superficie de escritura. Los libros importantes se escribían en rollos. La mayoría de los Rollos del Mar Muerto están en cuero o pergamino (piel animal preparada para la escritura), y algunos en papiro, hecho con tiras de la caña de papiro prensadas entre sí. Un rollo se formaba cosiendo hojas una tras otra. El Gran Rollo de Isaías de Qumrán tiene diecisiete hojas y más de siete metros de largo.
- Tinta. Los escribas usaban tinta de carbón, una mezcla de hollín y goma, que es muy estable. Algunos Rollos del Mar Muerto muestran también tintas a base de metal.
- Pluma. Una caña cortada en punta, que se mantenía afilada con un cuchillo. Jeremías 36:23 menciona el «cuchillo de escribanía» con el que el rey Joacim cortó el rollo.
- Pautado. Antes de escribir, el escriba marcaba en el cuero líneas guía tenues con una punta afilada y colgaba las letras de esas líneas. Este pautado se ve en muchos Rollos del Mar Muerto. La ley judía posterior lo hizo obligatorio para un rollo de la Torá.
- Disposición. El texto se escribía en columnas. Los espacios marcaban el final de las secciones, un sistema que sobrevive en los párrafos «abiertos» y «cerrados» de los manuscritos hebreos posteriores.
Ezequiel 9:2 describe a un varón que traía «a su cintura una escribanía de escribano», el estuche del escriba con plumas de caña y tinta.
Lo que muestran los Rollos del Mar Muerto sobre los hábitos de los escribas
Los Rollos del Mar Muerto, copiados aproximadamente entre el siglo III a. C. y el siglo I d. C., nos dan cientos de ejemplos reales del trabajo de los escribas. Emanuel Tov los estudió en Scribal Practices and Approaches Reflected in the Texts Found in the Judean Desert, y vale la pena resumir sus conclusiones.
- Los escribas corregían sus propios errores. Escribían letras o palabras omitidas encima de la línea, marcaban las letras sobrantes con puntos encima o debajo, tachaban palabras y a veces borraban.
- Muchos rollos se revisaban después de copiarse, a veces por una segunda mano que añadía correcciones.
- Algunos escribas trataban el nombre divino con especial reverencia: lo escribían con las antiguas letras paleohebreas o lo sustituían por cuatro puntos en textos no bíblicos.
- La práctica variaba. Algunos rollos están escritos con esmero y tienen pocas correcciones; otros son más toscos. Algunos escribas usaban una ortografía más plena, añadiendo letras para indicar vocales; otros mantenían una ortografía más escueta.
Este último punto importa. Las reglas estrictas para copiar un rollo de la Torá que recoge la ley judía posterior todavía no existían en su forma final en el periodo del Segundo Templo. Lo que vemos en Qumrán es una profesión con normas exigentes y muchas costumbres compartidas, pero también con variedad. En los siglos siguientes, la copia de la Escritura se reguló cada vez más. Esa historia continúa en Copiar con cuidado: las reglas para un rollo de la Torá.
Copiar como tarea sagrada
¿Por qué ponían tanto cuidado los escribas? En parte porque era su oficio, y nadie confiaría en un escriba descuidado. Pero en el caso de los libros bíblicos había una razón más profunda. Se creía que estos textos eran palabras de Dios, dadas por medio de Moisés y los profetas. El Deuteronomio advierte: «No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella» (Deuteronomio 4:2; compárese 12:32). Fuera o no esa la intención original del versículo como norma para copistas, los escribas posteriores lo leyeron así.
El historiador judío Josefo, que escribía hacia finales del siglo I d. C., afirmó que «aunque han pasado ya tantos siglos, nadie se ha atrevido a añadir, quitar ni alterar una sílaba» de las Escrituras judías (Contra Apión 1.42). Es la afirmación de un apologista, y los Rollos del Mar Muerto muestran que la realidad era más complicada. Pero deja ver el ideal que tenían los escribas judíos: el texto debe transmitirse tal como se recibió.
Lo que esto significa para los lectores de hoy
Cuando leemos el Antiguo Testamento, leemos el trabajo de estos escribas. Su cuidado es la razón principal de que el texto sea tan estable como es; sus errores ocasionales, y sus cambios ocasionales, son la razón de que existan los críticos textuales. Ambas cosas forman parte de la historia. Entender a los escribas nos ayuda a confiar en el texto por las razones correctas: no porque la copia fuera mágicamente perfecta, sino porque una larga cadena de personas hábiles y entregadas hizo bien su trabajo, y porque hoy tenemos suficientes manuscritos suyos para comprobarlo.
Fuentes
- Avigad, Nahman. Hebrew Bullae from the Time of Jeremiah: Remnants of a Burnt Archive. Jerusalem: Israel Exploration Society, 1986.
- Josefo. Contra Apión 1.37–43. Traducción de H. St. J. Thackeray. Loeb Classical Library 186. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1926.
- Shiloh, Yigal. “A Group of Hebrew Bullae from the City of David.” Israel Exploration Journal 36 (1986): 16–38.
- Tov, Emanuel. Scribal Practices and Approaches Reflected in the Texts Found in the Judean Desert. Studies on the Texts of the Desert of Judah 54. Leiden: Brill, 2004.
- Tov, Emanuel. Textual Criticism of the Hebrew Bible. 3.ª ed. Minneapolis: Fortress, 2012.
- van der Toorn, Karel. Scribal Culture and the Making of the Hebrew Bible. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2007.
- Eclesiástico (Sirácida) 38:24–39:11.
- Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909 (dominio público), salvo donde el artículo ofrece su propia traducción literal.